Alcachofa, un amor de corazón

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La alcachofa, esa especie de flor verde y capaz de desplegar mil matices de tierra húmeda en el paladar,  es fruto de la Cynara scolimus, procede de Egipto y está extendida por todo el Mediterráneo desde hace miles de años. Versátil donde las haya, esta verdura se puede utilizar en multitud de platos o comerla sola, cocinada a la brasa o hervida, o como parte de guisos y arroces, y su parte más apreciada es el corazón, por su ternura y su suavidad.

Al parecer, ya era conocida por griegos y romanos, que le otorgaban poderes afrodisíacos. Precisamente por esta supuesta virtud, durante la Edad Media las adolescentes en edad de merecer no podían comer alcachofas, para prevenir cualquier pensamiento o deseo impropio.

Existe una explicación mitológica sobre el origen de la alcachofa. El poeta latino Horacio relata que un día, emergiendo del mar Egeo, Zeus vio, tendida en la playa de la isla de Kynaros, a una bellísima joven: Cynara. El gran dios del Olimpo la sedujo y se la llevó al hogar de los dioses, donde Cynara se fue marchitando inmersa en la nostalgia por su isla y por su madre. Finalmente, huyó del Olimpo y Zeus, airado por aquel atrevimiento, decidió castigarla haciendo que unas escamas coriáceas la envolvieran hasta convertirla en una alcachofa.

La alcachofa ya se consumía en Italia en el siglo XV y la tradición dice que fue introducida en las cortes europeas por Catalina de Médicis cuando se casó en 1533 con el duque de Orleans, futuro rey Enrique II de Francia. Hay quien asegura que con ellas, la italiana intentaba estimular la líbido de su esposo. En cambio, fueron los árabes quienes la introdujeron en territorio ibérico con el nombre de al-jarshuf, que significa «el palo de espinas».

¿Sabías que…?

La expresión «corazón de alcachofa» se usa para referirse a las personas que se enamoran con facilidad y cambian frecuentemente de pareja.

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